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MANICURA ENVENENADA

LA EPIDEMIA TRAS LA MODA DE LAS UÑAS
(SEMI)PERMANENTES

Una investigación de Carmen Alvarado, Carola Solé y Marie Toulemonde

LAS CLAVES: 

  • Estudios científicos advierten que la moda de las manicuras permanentes está causando una “epidemia” de alergias en la piel y también enfermedades respiratorias.
  • El problema está en los acrilatos, unos químicos que no deben tocar la piel y cuyos fabricantes han advertido que no deberían usarse para las uñas. 
  • En España, un estudio documentó 101 casos de dermatitis alérgica por manicuras en un año. Un 70% eran esteticistas y un 30% usuarias.
  • Los médicos advierten que esta alergia es de por vida y puede generar rechazos a tratamientos dentales o dispositivos médicos en el futuro.
  • El gobierno español dice que no ha detectado “ningún riesgo grave para la salud” relacionado con productos de manicura.
  • La Unión Europea permite sin ninguna restricción los acrilatos en productos cosméticos, pese a los avisos de alerta de estudios y doctores. 

Nunca fue tan fácil ni tan barato tener unas uñas perfectas durante semanas. Las hay para todos los gustos: discretas, rojas, afiladas, con purpurina o delirantes obras de arte. La moda de las manicuras semipermanentes y permanentes ha contagiado a madres, hijas e incluso abuelas, y es abanderada por artistas como Rosalía. Son tan prácticas y bonitas que nadie percibe su riesgo ni su verdadero coste: el que ya están pagando con su salud mujeres de todo el mundo.

Yolanda Rodríguez estuvo un mes aguantando en silencio. Soportó sin quejarse los picores, la hinchazón en las manos y el ver cómo las yemas de los dedos se le iban descamando poco a poco hasta convertirse en grietas. Esta esteticista andaluza de grandes ojos negros trabajaba con guantes no solo para tratar de evitar el dolor, sino para que sus clientas no se asustaran. 

Solo cuando, una tarde de otoño, se le cayó la uña del pulgar izquierdo mientras paseaba con su marido por un centro comercial de Málaga vio que tenía que ir al dermatólogo. “Esto ya no es normal”, se dijo. Cuando el doctor le confirmó que la manicura permanente era la culpable, no lo quiso creer. Pero sí, a sus 44 años, Yolanda está condenada: ha contraído una alergia de por vida que le impide tocar esos esmaltes y que podría hacer que en un futuro rechace desde tratamientos dentales hasta dispositivos médicos vitales como bombas de insulina o prótesis.


Fotografias cedidas por distintas entrevistadas afectadas por dermatitis alérgica de contacto. 

Los dermatólogos hablan ya en sus estudios de una “epidemia”, un aumento en muy poco tiempo de mujeres que llegan a sus consultas con los síntomas clásicos de lo que se conoce como dermatitis alérgica de contacto por acrilatos. Esta enfermedad, que antes solo se daba entre obreros que manipulaban fibra de vidrio, trabajadores de imprentas o dentistas, se ha disparado en los últimos años entre el público femenino con el “boom” de las manicuras semipermanentes y permanentes. 

El problema no está en los precios ni las marcas, sino en la composición de los productos de estas manicuras duraderas. Todos los artículos -desde los esmaltes semipermanentes, al líquido acrílico o el gel- contienen acrilatos y metacrilatos: unas pequeñas sustancias derivadas del petróleo que, hasta que no se solidifican correctamente con luces ultravioleta, son altamente irritantes y pueden provocar reacciones alérgicas. Si no se aplican bien o con suficientes medidas de protección, el riesgo aumenta. Esto sucede cuando los acrilatos están en su versión líquida (monómero) y no sólida (polímero, que puede contener residuos de monómeros).

El contacto de la piel con el acrilato es clave para desarrollar alergia, si bien debe existir una predisposición genética de base. “Una puede estar en contacto una sola vez con los acrilatos y llegar a hacerse alérgica y otras pueden estar cinco años sin que les pase nada”, explica la dermatóloga María Elena Gatica, referente en investigaciones sobre el tema en España. Por su consulta en el Instituto Médico Integral de Toledo pasan principalmente manicuristas, que “en la mayoría de los casos tienen una sensibilización muy rápida, en el primer año tras comenzar a trabajar con esmaltes permanentes”, pero cada vez más usuarias, en parte por la popularización de los “kits” domésticos que pueden adquirirse a golpe de clic desde diez euros. 

Las uñas debilitadas, quebradizas o descoloridas preocupan a muchas mujeres, pero son problemas reversibles. La dermatitis alérgica de contacto es la enfermedad cutánea más grave que generan estas técnicas porque es irreversible, crónica. “Lamentablemente, estamos inmersos en una epidemia de estas alergias desde hace unos años”, confirma la doctora, que recibe a sus pacientes con un cartel gigante tras su mesa que describe los síntomas.

Un buen diagnóstico, con pruebas alergénicas de parches en la espalda, es importante. De este modo las afectadas pueden advertir a los doctores a qué acrilatos son alérgicas antes de someterse a cualquier procedimiento odontológico u ortopédico. Además de empastes dentales y prótesis, hay otros productos más cotidianos que pueden tener acrilatos: esparadrapos, compresas, pañales de bebés y de incontinencia o audífonos. Aunque apenas hay casos documentados, un estudio publicado en 2008 en Estados Unidos sacó a la luz el caso de una mujer que rechazó una prótesis de rodilla después de haber sido diagnosticada con alergia a los acrilatos por usar uñas acrílicas.

La dimensión real de la “epidemia” es difícil de medir. “El grado de sensibilización en usuarias no lo conocemos con certeza”, estima el doctor Leopoldo Borrego, miembro de la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV).

Mientras en las calles se multiplican los centros uñas baratas, los casos de afectadas que antes parecían aislados llenan ahora investigaciones científicas en todo el mundo, de Estados Unidos a Alemania y de México a Brasil

En España, un estudio aún por publicar encabezado por las doctoras Gatica y María Antonia Pastor Nieto documentó 101 casos de dermatitis alérgica de contacto causada por manicuras en apenas un año, de abril de 2017 al mismo mes del 2018. El trabajo, en el que participaron los departamentos de dermatología de 16 hospitales del país (los miembros del Grupo Español para la investigación de la Dermatitis de Contacto y Alergia Cutánea -GEIDAC-), concluye que la moda de las uñas duraderas es “preocupante” y que “urgen políticas que prevengan nuevos casos, tanto en profesionales como en consumidoras”. 

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Metacrilatos: el origen del mal

La norma que regula los cosméticos de la Unión Europea (UE) permite el uso de acrilatos y metacrilatos sin ninguna restricción, pese a que se sabe que son altamente irritativos, alergénicos, que provocan problemas respiratorias por sus emanaciones y que algunos hasta pueden producir cáncer.  

Uno de los metacrilatos más agresivos y comunes, el Metil Metacrilato (MMA), está prohibido en productos de manicura en más de la mitad de los 50 estados de Estados Unidos. También en Canadá y Nueva Zelanda. En cambio, en la UE, el MMA es totalmente legal

La raíz del problema es, paradójicamente, bastante esencial: los acrilatos y metacrilatos no deben tocar la piel, algo que resulta difícil en las técnicas de manicura y que la mayoría de mujeres no saben. La regla es tan clara que los propios fabricantes de metacrilatos de Europa y Estados Unidos advierten desde hace años que no deberían usarse para productos de uñas. En otros usos, esas sustancias no deben generar preocupación, remarcan los fabricantes.

Cosmetics Europe, la asociación europea de fabricantes de cosméticos, que agrupa desde pequeñas empresas hasta conocidas multinacionales, afirma que “la cosmética es una industria altamente regulada” en Europa. Ante preguntas de EL MUNDO, la asociación admitió que tiene conocimiento de estudios que alertan de los efectos alergénicos de los acrilatos y de que un “cierto número de consumidoras sufre este tipo de sensibilización”. Pero cree que “tanto consumidoras como profesionales pueden estar expuestas a acrilatos por otros productos que no sean cosméticos”.

“Tampoco está claro, a menudo, si la sensibilización ha ocurrido debido a una incorrecta aplicación del producto” de manicura, asegura la asociación. Por eso, lo que sugiere es lo siguiente: “Cosmetics Europe pide encarecidamente que se sigan estrictamente las instrucciones” de esos artículos.

Sin embargo, las instrucciones de uso no son siempre fácilmente accesibles para las usuarias ni para las manicuristas. “Hay una especie de sesgo de información”, dice el ingeniero químico Joaquín Quirós, técnico de prevención de riesgos laborales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Los cosméticos “están regulados insuficientemente” de manera que “la información de peligrosidad no llega al usuario final del producto, tanto a la persona que se va a hacer el tratamiento en la uña como, peor todavía, a quienes están continuamente haciendo este tipo de tratamiento”, apunta.

Los peligros para la salud que suponen los acrilatos y centenares de otros químicos sí constan en el reglamento europeo sobre clasificación, etiquetado y envasado de sustancias y mezclas (CLP), orientado sobre todo a fabricantes. Sin embargo, los productos cosméticos tienen una regulación propia y quedan fuera de su aplicación, haciendo que el fabricante o el distribuidor no esté obligado a proporcionar una ficha de datos de seguridad.


¿ Que hay realmente dentro de los productos de manicura ? 

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Médicos como Maria Elena Gatica o la portuguesa Margarida Gonçalo no se cansan de mandar notificaciones formales a la Comisión Europea sobre los problemas que generan los acrilatos y metacrilatos en manicuristas y usuarias.

“Todo es muy lento en la Unión Europea”, lamenta Gonçalo, expresidenta de la Sociedad Europea de Dermatitis de Contacto y miembro de la Organización Mundial de Alergias. “Los problemas se notifican, pero luego se tiene que valorar la alerta, hacer una investigación para ver si es verdad… No se entiende la dimensión del problema y la respuesta se va demorando y demorando”, dice.

El diagnóstico del gobierno español va en esta línea. Contactado por EL MUNDO, el ministerio de Sanidad, encargado del control de productos cosméticos y de vigilar sus efectos no deseados en trabajadoras y usuarias, es optimista: “En la evaluación de todos los casos recibidos hasta el momento, no se ha detectado ningún riesgo grave para la salud humana relacionado con productos de manicura”. 

“En consecuencia”, dice el ministerio, “no ha sido necesario emitir ninguna alerta sanitaria al respecto” teniendo en cuenta que “la mayoría de los casos se trataban de malos usos de los productos”.

Cuando escucha esto, Paloma Faba, una asesora de moda de 34 años, entra en cólera: “Jamás he escuchado que se podía desarrollar una alergia por hacerte las uñas de gel”. Y le hubiera gustado. Porque Paloma se mira ahora las manos y no se las reconoce. Se las ve “rarísimas”. Las uñas le están creciendo irregularmente, pero al menos le crecen. La yema de sus dedos sigue levemente descamada, pero ya no tanto. 

Ir a hacerse la manicura de gel era casi un ritual para esta valenciana. Cada tres semanas pagaba religiosamente 15 euros para que sus uñas estuvieran perfectas. Ahora, pasado el susto del brote alérgico y confirmado su diagnóstico de dermatitis alérgica de contacto, trata de evangelizar a sus amigas: “Ahora veo que fui una inconsciente al no pensar en que, a todas luces, eran químicos peligrosos lo que me estaba poniendo en las manos”.

Más de 1.300 sustancias químicas están prohibidas en productos cosméticos por la UE, pero en esta lista se excluyen una sesentena de químicos que son identificados como peligrosos por un estudio científico que la Agencia Francesa de Seguridad Sanitaria (ANSES) publicó en 2017. 

En ese grupo hay, además de una quincena de acrilatos, otros químicos presentes también en esmaltes tradicionales que suponen un repertorio amplio de peligros: son cancerígenos, tóxicos para la reproducción, pueden afectar al feto y producen mutaciones o disrupciones endocrinas. Del llamado “trío tóxico” (compuesto por el ftalato de dibutilo (DBP), el tolueno y el formaldehído), el DBP y el formaldehído están prohibidos en la UE, el último apenas desde junio.

El negocio de la belleza

La cosmética es un gran negocio para Europa. El viejo continente es un líder mundial del sector y un exportador dominante de esos productos, de acuerdo con la Comisión Europea. Las cifras hablan por sí solas: fueron 77.600 millones de euros en 2017, de los cuales 11.170 proceden de cosméticos decorativos, donde se incluyen los productos de uñas, según Cosmetics Europe, la asociación regional de fabricantes. Alemania es el país con mayor mercado, seguido muy de cerca por Francia, y luego Reino Unido, Italia y España (6.800 millones de euros). 

Además de fabricar y exportar cosméticos, Cosmetics Europe funciona como lobby. Se registró formalmente como tal ante la Comisión Europea poco antes de que se aprobara el reglamento de cosméticos en noviembre de 2009. Y gasta anualmente más de medio millón de euros en esa actividad, según informa a través del Registro de Transparencia. 

“La solución a todo este problema sería prohibir el uso de las manicuras permanentes, pero ahí tendríamos a toda la población en contra. No lo vamos a conseguir”, dice la doctora Gonçalo. “Lo que hay que hacer es regular el uso de esos productos”, zanja. Eso mismo fue lo que pidió la Academia Española de Dermatología y Venereología (AEDV) en su último congreso, celebrado en junio en Barcelona.

La Comisión Europea no ha querido hacer comentarios sobre la situación legislativa. Su intento más concreto de abordar el asunto fue en 2017, cuando pidió opinión al Comité Científico de Seguridad de los Consumidores (SCCS), que la asesora, sobre dos acrilatos empleados en esmaltes permanentes. El SCCS constató problemas de alergias y respiratorios, pero acabó concluyendo que era “poco probable” que esos dos químicos provocasen alergias si son aplicados de forma “apropiada” y en unas concentraciones determinadas en la uña y sin tocar la piel. El asunto debía ser abordado más a fondo en una reunión a finales de junio de la que no han trascendido detalles.

Ese mismo 2017, la Comisión también organizó un taller relacionado con el tema. La jornada transcurrió con la exposición de algunas cifras por parte de doctores, como la estimación de que un 27% de la población europea tiene dermatitis alérgica de contacto a metales, preservantes y fragancias y que esto cuesta 240.000 millones de euros al año a la Unión Europea. Pero terminó sin ninguna medida. En sus conclusiones, se reconoció en voz alta: “No hay estrategia en marcha de cuándo tomar acciones en el sector de los cosméticos”.

 Sin poder respirar

Para Sandra, una china risueña de 55 años, los problemas de la manicura no están tanto en la piel sino en la tos y los dolores de cabeza. Desde que en 2018 empezó a trabajar en un centro de uñas de Madrid -uno de los tantos regentados en la ciudad por asiáticos- la tos le acompaña día y noche. 

La fina mascarilla desechable que le cubre el rostro mientras trabaja no frena los fuertes olores ni el vapor tóxico que se respira en el local. “La mayoría aquí recurrimos a jarabes”, dice. Ella trata de hacer solo dos manicuras al día y dedicarse más a masajes pero, con la fila de mujeres que esperan para hacerse las uñas, no siempre puede. “Esta tos va y viene, pero ya iré algún día al médico cuando sea grave. Ahora no es grave, creo”, cree.

El dolor de cabeza, la irritación en los ojos y los mareos son solo algunos de los síntomas que deja la larga exposición al cocktail de disolventes, esmaltes y acrilatos que hay en un salón de uñas. El nivel de químicos tóxicos se puede comparar al de una refinería petrolera, según un estudio hecho por la Universidad de Colorado (EEUU).

Las manicuristas respiran ese ambiente contaminado varias horas seguidas, todos los días. A vc, sin ningún sistema de ventilación localizado que absorba esos tóxicos, especialmente durante las operaciones de limado, cuando las partículas se esparcen por el aire, favoreciendo el desarrollo de asmas o incluso de inflamaciones y alteraciones de las vías respiratorias

Pocas llegan a ser diagnosticadas como víctimas de una enfermedad laboral porque son escasos los centros hospitalarios que puedan hacer las pruebas de broncoprovocación. “Pero las esteticistas tienen obviamente asma ocupacional y lo tienen porque se sensibilizan por exposición a una serie de productos super irritantes de manera crónica a bajas dosis”, afirma la neumóloga Isabel Urrutia, coordinadora del área de enfermedades ocupacionales y medio ambiente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica. 

Según datos del Ministerio de Trabajo obtenidos a través de la Ley de Transparencia, en España apenas 95 trabajadoras de peluquerías y centros de belleza pidieron la baja por inhalación de sustancias entre 2010 y 2017. Por enfermedades de la piel lo hicieron 665 y 455 por agentes químicos. En esos ocho años, cada mes, una media de casi siete trabajadoras (634) pidieron la baja laboral por dermatitis alérgica de contacto. En todos esos casos, alrededor de un 60% la obtuvieron

Estas cifras “no reflejan la realidad”, estima Daniel Barragán, del sindicato Comisiones Obreras (CCOO). Buena parte de las trabajadoras son extranjeras que no suelen denunciar sus casos, mientras que muchas son autónomas y la mayoría de centros ni siquiera llegan a las seis empleadas necesarias para tener delegada sindical que reporte esas quejas.

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Falta de formación y prevención

Para las manicuristas, además, lo que en un momento dado puede parecer una facilidad es también parte del problema: este oficio no requiere formación formal. Raquel Dávila, una madrileña de 38 años, empezó a hacer las uñas como un hobby. Practicaba en casa hasta altas horas de la madrugada y las hacía tan bien que en 2017 consiguió un trabajo en una peluquería del centro de Madrid sin tener ningún título. Su carta de presentación fueron las obras de arte que hacía en las manos de sus amigas. 

Ahora, las imágenes que muestra son las de sus manos carcomidas: hace un año sufrió quemaduras de segundo grado después de sumergir sus manos en un bote de acetona pura para retirarse las uñas de gel. 

En España, como en la mayoría de países occidentales, no se necesita ningún título para trabajar como manicurista. Existen grados formativos de peluquería y estética o cursos de especialización, pero el convenio colectivo del sector estipula que sin título también se puede trabajar. Lo único que se necesita acreditar es experiencia.

La prevención de riesgos es otra asignatura pendiente. La normativa no exige ninguna medida de protección específica para las esteticistas. “Se tiende a trivializar el tema de la peluquería y no debería ser así. Sería perfectamente compatible aplicar las medidas usadas en un laboratorio científico”, estima Joaquín Quirós, el inspector de prevención de riesgos laborales del CSIC y profesor de la Universidad Carlos III.

Si las manicuristas se protegieran como recomiendan varios estudios científicos y organismos oficiales, con guantes metalizados para químicos y cubriéndose el rostro con unas máscaras y gafas especiales, quizás muchas clientas se lo pensarían dos veces antes de ir a los centros a aplicarse esos productos sin ningún cuidado. 

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Los materiales de protección recomendados no solo son inviables para ese trabajo minucioso, sino que son caros y, a veces, difíciles de encontrar. La doctora Gatica hizo un seguimiento telefónico a esteticistas diagnosticadas con dermatitis alérgica, para ver su evolución: siete de cada diez reconoció que continuaba trabajando en las manicuras y solo la mitad de ellas hizo caso a las medidas preventivas. La mayoría, de entornos humildes y sin estudios superiores, no tenían más alternativa.

Sin licencia

El descontrol del sector es evidente. En la ciudad de Madrid, cerca del 20% de las peluquerías y centros de estética inspeccionados por las autoridades locales en 2017 no presentaban licencia, según datos del Ayuntamiento obtenidos a través de la Ley de Transparencia. Las condiciones higiénicas tampoco son alentadoras. De los locales estudiados, alrededor de un 40% tenía deficiencias generales de higiene, incluyendo problemas de esterilización del material.

El control de los productos empleados es un capítulo a parte. Uno de los principales centros de distribución de cosméticos en España es el polígono industrial de Cobo Calleja, la “China Town” de Madrid. Pasear por sus almacenes llenos de esmaltes es perderse entre botes de colores. El análisis de 50 productos, fotografiados para tal fin en seis almacenes, muestra que se venden productos sin etiqueta, otros que únicamente contienen información en chino y al menos dos esmaltes que indican tener sustancias expresamente prohibidas por la UE. 

En 2015, la Organización de Consumidores de España (OCU) llegó a conclusiones similares. Tras analizar en laboratorio un total de 16 esmaltes semipermanentes, comprobó que siete tenían componentes que superaban los topes que marca la ley y que otros once incumplían con las normas de etiquetaje.

Los nombres impronunciables que contienen estas etiquetas, como 2-Hidroxietil Metacrilato (HEMA) o Tetrahidrofurfuril Metacrilato (THFMA) son el tema de conversación favorito en grupos de Facebook de afectadas como “Alérgic@s a los acrilatos”

Renunciar a las manicuras permanentes no parece una opción en este foro, donde más de 150 mujeres comparten penas, experiencias y consejos. El objetivo, más bien, es encontrar el producto que no tenga los acrilatos a los que cada una es alérgica. Pero es una misión imposible. Cuando alguna parece que lo consigue, otra vuelve a recaer. Y cada día que se incorpora una nueva chica al grupo, el lamento se repite: “Qué pena, con lo que me gusta esto”.